Capítulo 2 y final
El bramido en la oscuridad retumbó en las paredes del edificio.
Elia quedó apresada en la tentación de querer abrir la puerta del vecindario en completa desnudez, pero pensó que era demasiado provocador. Cogió un batín de seda que tenía colgado cerca, donde guardaba la loción de durazno... Y pensó que era igualmente provocador.
Abrió la puerta y se asomó al pasillo. El viento ululaba caliente como la caricia de un amante a deshoras. Un joven salió corriendo hacia la puerta de su casa con los brazos extendidos como si se tratara de un leproso queriendo el abrazo de un desconocido. El primer instinto de Elia fue alcanzarle en la bolsa escrotal con una patada de las clases de karate que había abandonado el año anterior. El golpe fue tan poderoso que el efebo hizo caer polvo del techo cuando cayó de espaldas. Tenía el rostro desfigurado del miedo. Apenas articulaba palabra.
-El... el... fin del mundo...-. Su voz era quebradiza, casi como el silbido de alguien que ha estado sometido a una intubación endotraqueal durante toda su vida.
Elia Catone no comprendía. Sus pezones seguían erectos en una danza macabra entre el morbo y la turbación. No se decidían en qué estado de la materia habitar.
Al final del pasillo, un anciano se mantenía inmóvil mirando por la ventana del edificio que daba al exterior, hacia una ciudad marchita. Ni siquiera giró el rostro. Sólo señaló con el dedo hacia la extraña luminiscencia que se cernía sobre la urbe decrépita.
Una bruma incandescente se aproximaba a Elia Catone. El fuego de una explosión muda, un incendio tan fecundo como el que colmaba su cuerpo todas las noches. Como una caricia de cien millones de grados Celsius.
El gato salió al rellano del pasillo, a la cita de los finos pies de su ama, lamiéndolos con fricción. El primer y último reflejo de Elia fue cogerlo en brazos y apretarlo contra sus senos. Sabía que no habría más oportunidades. Sabía que era el fin del mundo. Su muerte inminente tras diez segundos de interminable espera angustiosa. No había vuelta atrás.
Sus últimos pensamientos antes de ser consumida por las colosales llamas se agolpaban en su cabeza, como si fueran un puñado de presos hacinados rompiendo las paredes de Alcatraz.
-Ahora lo entiendo-. Pensaba ella en su estupor. Elia se percató de que su lascivia era tan grande que se había materializado y lo había consumido todo a su paso. Una explosión nuclear de deseo. Estaba lista para acabar con todo, para ser engullida por su propia voracidad en un sublime acto de autofagia.
Su concupiscencia era demasiado soberbia para detenerla. Había engullido a siete mil millones de personas y ahora venía a por ella.
Elia soltó al Sphynx. Se quitó el batín y caminó por el pasillo con su cuerpo desnudo e impecunioso. Abrió los brazos. Estaba lista para ser consumida por el fuego de la carne.

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