Tus ojos eran distintos en la madrugada del querer,
como dos ocelos apagados en una noche sin florecer.
Me acosté viéndote recoger tu pesar y quise envolverte
en un abrazo sin sopesar.
Qué me importaban los días y las horas,
que yo sí era consciente de tu desvelo a deshoras.
Cuando la alborada se cernía de seda
y tú guardabas los segundos con queda.
Levanté un ramal para acariciar tu vaina de pureza
y en ella me encontré con una lágrima de tristeza.
Mi lamento me había impregnado y tu sufrimiento ya no yacía,
ojalá fuese aquel mío y tu congoja hubiera estado vacía.
Ahora descansas en un bello prado verde,
el Sol acaricia tu esencia sin olvidar que te recuerde.
Tus cabriolas son pompas en la brisa y
mi Amor te escolta como un jinete sin prisa.
Escrito por: Andrew Wooldstick.
© Todos los derechos reservados.

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